Siete de un golpe
- Francisco José Hernández Prado
- 14 abr
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“En mala hora se me ocurrió coser esta banda”, se lamentaba el cobarde sastrecillo mientras hurgaba, en vano, dentro de la bolsa, apenas dos días antes rebosante de monedas.
Pero, en el alquiler de las botas de siete leguas Pulgarcito se llevó un buen pico. No menos le cobró el hijo del molinero, ahora marqués, por el préstamo de su astuto gato. Jack le vendió tres de sus habichuelas y más pareciera que fuesen huevos de esa gallina suya. El resto se le esfumó en la contratación del mercenario Juan sin miedo. Al menos le había servido para salvar el pellejo.
“Esto me pasa por presumir de lo que no soy. Adiós al sueño del modisto, dueño de un emporio de la moda” se decía.
“No queda otra que seguir siendo un costurero. Y, para colmo, el regreso caminando. Ni para el autobús me dejaron”.
Francisco José Hernández Prado
Diciembre de 2025




