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En el pueblo


Si tienes cuatro años y eres un niño pobre, y lo sabes, la vida no es que te sonría, precisamente. Y hablamos de tiempos de posguerra, así que, menos aún. Pero yo vivía en un pueblo y ahí cuentas con la ventaja de que no necesitas juguetes para ser feliz. Un cacho vara de ojaranzo basta para escarbar en un suelo de tierra suelta y hacer dibujos, y luego los borras y repites. A lo mejor hasta encuentras una perra chica. Yo la encontré. Una hermosa perra chica; brillante, nuevecita.


La mar de contento seguí escarbando y, otra perra chica. Me llegó el convencimiento de que aparecería otra si continuaba con la tarea. Y, ¡zas!, apareció la tercera. No hubo cuarta, aunque lo intenté durante un buen rato. Pero más no se necesitaba; porque cinco céntimos, más cinco céntimos, más otros cinco céntimos, son, fíjate… Bueno, debían ser una barbaridad.


Me metí corriendo para casa, y mama (entonces se decía mama, no mamá), rápido me sacó de dudas. Los mayores saben. Mama abrió unos ojos grandes como yo no se los había visto nunca, empezaron a brillarle que daba gloria y se le puso una sonrisa que no le cabía en la cara. «Qué bien, hijo, quince céntimos, tenemos justo para un pan». Me alzó en brazos y… menudo beso.


Pascual Martín

 

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